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ciudad oculta
Los Altares de Plástico
Centros Comerciales,
Consumismo y Evasión
Julio César Iglesias
Estudiante ingeniería industrial.
Colaborador Sección Literaria Publiensayos.
Colombia.
En las calles, camino al centro comercial, el
paisaje urbano sufre una transformación evidente, del oriente polvoroso,
al sur ordenado y fresco, un transito que hago cotidianamente, esta vez
con la obligación de narrarlo, de sentirlo un poco más, poetizarlo, y
finalmente matizarlo con un poco de rigurosidad periodística.
Pero no sólo el paisaje cambia en este recorrido, también lo hace la
gente, sus caras, su mirada, su apariencia, incluso los carros son
distintos, son dos ciudades, una que pretende acercarse al primer mundo y
otra que encuentra sus raíces en medio de la pobreza, buscando referentes
externos, en otros ghettos, en los excluidos de otras urbes. La primera la
encuentro en el centro comercial, la segunda habrá que buscarla en las
calles.
ADVERTENCIA
En la entrada se lee un aviso: “Por la comodidad de nuestros clientes, se
prohíbe la entrada de mascotas”, el espacio aséptico no permite el acceso
a animales, está diseñado para los clientes, compradores potenciales, y la
artificialidad impide que la naturaleza la intervenga de cualquier forma.
Son los nuevos espacios de encuentro, lo que para los griegos fue el ágora
y para nuestros abuelos la plaza, hoy son los centros comerciales; sus
posibilidades parecen ilimitadas y sus funciones cada vez mas amplias, en
ellos se trabaja, se divierte, se consume, se discute, se relaciona, la
sociedad se concentra en ellos y parecen llamados a satisfacer todas
nuestras necesidades.
LA MODA
Al visitante desprevenido debería sorprenderle la aparición de clones en
los pasillos, seres uniformados, vestidos de la misma forma, con el mismo
corte de pelo, los mismos colores, pero también las mismas actitudes,
igual forma de hablar, comportamientos idénticos, al menos eso percibo en
la lejanía; el mercado encuentra su equilibrio en la superación de las
individualidades y la consecución de unas conductas de consumo idénticas,
irónicamente la industria construye la sociedad a su medida, el persuasor
oculto nos convence de lo que es necesario y justo, por supuesto si lo es
para él.
Las jovencitas en los centros comerciales inician una carrera estética
infernal, esforzándose por lucir más atractivas, lo que solo conduce a la
depresión, la anorexia, la baja autoestima, inseguridad y una larga lista
de patologías que comúnmente se encuentran en los adolescentes,
competición absurda motivada por la imposición de cánones estéticos
inalcanzables para la mayoría, la consecuencia de un afán comercial sin
limitantes éticos.
SILICON VALLEY
Pero esa búsqueda de satisfacción interior, a través de la apariencia, no
se reduce a la ropa, va mucho más lejos, interviene el cuerpo a través de
cirugías. Con la esperanza de mutar, de dejar ser y convertirse en,
negándose a sí mismo en el afán por encontrar algo mejor, socavando las
ideas, el interior y privilegiando lo superficial, lo secundario. Cali es
la capital de la cirugía estética, ejércitos de médicos se dedican a
transformar gente, y sus resultados se pueden ver claramente (para mi
gusto demasiado claramente) en los corredores del centro comercial,
cuerpos artificiales, retocados, caras estiradas, ostentación y lujo
trascendiendo los objetos e insertándose en los cuerpos mismos, lo que
antaño fue para admiración y cuidado, ahora es laboratorio de experimentos
y receptáculo de rellenos.
Algunos visitantes deciden comprar, la mayoría solo transita, “vitrinea”,
comen un helado y montan al niño en un caballito mecánico. Los jóvenes se
sientan a hablar, riéndose y burlándose, los viejos cansados también se
apropian del espacio y tertulian sobre política, literatura, añorando al
viejo Cali e intentando adaptarse al frenesí de los nuevos tiempos, donde
todo se puede comprar y la diferencia radica en “cuánto tienes”, belleza,
estatus, aprobación, lo que se necesita para ser feliz está al alcance del
dinero.
El consumo no es la piedra filosofal de la felicidad, la satisfacción no
se puede medir en pesos, ni el éxito en propiedades, una sociedad
consumista no es la que resuelve las necesidades de sus integrantes, es la
que siempre está dispuesta a crear nuevas necesidades. El centro comercial
es el resumen de este tipo de sociedad, su éxtasis y la concreción de sus
aspiraciones, la pregunta que debe plantearse es ¿realmente queremos eso?,
no pretendiendo criticar al centro comercial como hecho concreto, sino a
la cultura sobre la que fundamenta su existencia y la saturación que
produce en las ciudades, en detrimento de otros espacios en los que se
manifiesta la diversidad humana de la que tanto nos enorgullecernos. La
pulcritud es la estética predominante, la estética de la exclusión, de la
negación de la realidad, los centros comerciales son los nuevos templos,
los depositarios de los nuevos dogmas, del fetichismo posmoderno, de ahí
que su surgimiento y expansión en las urbes no signifique un simple cambio
en las costumbres de los consumidores, sino la expresión más evidente de
las nuevas escalas de valores, de las preocupaciones y las tensiones de la
sociedad actual.
A las nueve ya no queda casi nadie, vendedores cerrando locales, parejas
de novios deambulando, vigilantes prevenidos, y un muchacho escribiendo al
que le ordenan salir de inmediato, quizá olvidó que también está prohibido
pensar, ¿alguien sabe por qué?.
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