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ISSN-1900 396X
Julio de 2006 - Año no. 3 - Edición no. 20 |
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literaria / autor de la edición / artículo
Por: Sandra Ramírez
Andrés Caicedo, es un escritor que sin duda alguna nos abre un universo de tópicos que parece interminable, con temas como la juventud, las drogas, el pensamiento y concepción del artista en sí, el cine, la ciudad, el suicidio, la obsesión... La razón de esto, conocidísima por sus mas fieles lectores, e incluso por quienes apenas hayan oído hablar de este personaje, que solía pasearse por las calles de Cali con su cabello alborotado y unos lentes tan grandes para una cara tan delgada; pues estos son temas que se han tratado hasta el cansancio al nombrarse al escritor. Pero el vampirismo, no generalizadamente como los anteriores sino como temática escogida por Caicedo para muchas de sus creaciones en cuento, novela, relatos cortos, guiones de cine y de teatro; es uno que particularmente ofrece relaciones importantes y supremamente definidas con lo que fue la vida del artista y su obra, como un conjunto de ideas que permitieron conformar a Andrés Caicedo tal y como lo conocemos hoy.
Los temas de vampirismo y antropofagia han caracterizado un sinnúmero de ejemplares de la obra de Caicedo en “¡Que viva la música!”, “Angelitos empantanados”, la colección de cuentos de “Destinitos fatales”, “Noche sin fortuna” e incluso “El atravesado”. Encontramos cómo en todos estos relatos, los personajes de Andrés son en su mayoría, jovencitos desesperados por el azar de la juventud que casi siempre terminan siendo víctimas del canibalismo o verdugos de estos últimos. Pero ¿cómo aparecieron todas estas ideas en la cabecita de un caleño tan joven que empezó su rigurosa formación literaria (por su cuenta) apenas rondando los doce años de edad? Pues bien, por un lado la culpa la tuvo el cine, por el otro la misma literatura (aunque el cine y la literatura podrían ir del mismo lado) y por otro la ciudad. Era un aficionado a la escritura de Lovecraft y Edgar Allan Poe. Su afición era tan dependiente que no podía ir a ninguna parte sin su estridente libro de obras completas de Poe cuyo prólogo había sido ideado por Borges. Así, encontramos en esta herencia la razón de los personajes, situaciones macabras y tétricas en su obra que reflejan la desesperación y el terror, codificados en historias que a pesar de todo están ambientadas en un espacio de jolgorio, situación totalmente coherente para la época y el lugar: La Cali de los 60s y 70s. Por su parte, al cine pertenece la afición a las películas de terror, hablando entonces de las diferentes versiones que se habían hecho de drácula hasta el momento, el cine de Hitchcock y las adaptaciones que Roger Corman hizo por ese entonces de las historias del mismísimo Allan Poe. Y en referencia al tema de la ciudad, descubrimos en aquella época una Cali que amedrentaba con su fama de cinefilia, de sucursal del cielo, abierta a las noches de salsa brava y que llegó a funcionar como epicentro cultural fuerte por la aglomeración de artistas y extranjeros en la misma (para no ir muy lejos, la ubicación de “ciudad solar” en la calle quinta) por el desarrollo acelerado (en ese momento) de su industria y por la cantidad de jóvenes que habitaban la ciudad. Según Caicedo, Cali era una ciudad caníbal, una idea que mas o menos quiere decir que “si no se está en la jugada”, Cali te come entero. De allí, títulos como los de “Calicalabozo” y “Calibanismo”. Para una ubicación concreta de lo anterior en su obra podemos hablar literalmente de canibalismo en “Los Dientes de caperucita”; de un acercamiento al cine desde otra mirada en “El Espectador”; y finalmente en “Destinitos Fatales”, el cuento que lleva el mismo nombre de la colección a la que pertenece, pues nos revela además de los aspectos anteriores, apartes de la propia vida del escritor que por supuesto se encuentran articulados en los personajes de la historia. En la primera parte de este cuento se habla de un cineclub. No olvidemos que Caicedo fue uno de los fundadores del cineclub de Cali, que se mantuvo vigente y con mucho éxito por un buen tiempo, pero que después fue insostenible tal y como le paso al personaje. En la segunda parte, una seria descripción del clima caluroso de la ciudad, y el vampirismo de los personajes del que se habló antes, y en la última parte, el relato de un hombrecito que anda para arriba y para abajo con el libro de Allan Poe, que sufre una decepción causada por un gordo (curiosamente se encuentra en los textos de Andrés un rechazo o desazón producida por los gordos) y que finalmente va al cine y se olvida del asunto. (Final muy parecido al del Espectador).
Pero, a pesar de lo anterior, la idea de este canibalismo va mas allá de las relaciones establecidas, convirtiéndose entonces en un canibalismo autónomo, y mas que esto, propio; pues el mismo Caicedo se estaba destruyendo a si mismo como posteriormente reconocería luego de sus muchos intentos de suicidio: “No puedo demostrar afecto, no puedo hacer el amor, soy como un ente que tiene dentro de si una droga destinada a pensar bien” (1). Incluso, en sus propios textos está presente el canibalismo desde otra perspectiva, a la manera en que Luis Ospina y Sandro Romero Rey (2) se refieren a la habilidad de Caicedo de alimentarse de sus propias creaciones literarias, de nutrirse una y otra vez de las mismas situaciones y personajes pero corriendo el eje central del manuscrito hacia uno específico. Este fue Andrés Caicedo, el caníbal de la literatura colombiana, de si mismo y de sus propios fantasmas, incluso de quienes aún hoy, nos sentimos absorbidos, “comidos” por sus relatos fantásticos y los que parecen ser a veces no tan fantásticos; el legendario escritor caleño que todavía viene a nosotros como un vampiro, a contarnos historias de jovencitos que siguen vivas en el espíritu de la ciudad.
__________________ (1) El Hombre de la Sexta en la Quinta, Edison Florez, Periódico La Palabra, Mayo de 2004. (2) Responsables de la recopilación y publicación de la obra de Andrés Caicedo después de su fallecimiento.
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