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literaria / cuento
Muro, Ventanal y Valgus
Adivinar puede parecer cuestión de sinsentido. Colocar la garganta fónica
y acercarla con la mayor levedad posible al filo helado del puñal, sin
barruntar, ante las negras costras de la impiedad, su cantar y su ladrido.
En el borde póstumo de un viejo y descuidado edificio del asfixiante
centro de la ciudad, balanceaba con inexplicable equilibrio mi pálido y
endeble cuerpo, sometido de forma mordaz, a la cadena negra de la
congruencia, sujeto a un alambre delgado como representación posible de la
compañía y el presente abandono. Total y complejamente decidido a
descender, enumeraba las figuras grotescas de los negros residuos de la
falta de inteligencia, antes de dar al concreto un sangriento y mortal
beso. Las manchas fonopticamente activadas, movilizaban de forma
repugnante su grotesco y parental cuello, mientras sus gigantescos y
eolicos cráneos daban tumbos y tropiezos entre su aburrido concilio y su
sentido propio de no serlo. Se estrellaban jocosamente en compases
repetitivos e intrínsecamente monótonos, como orquesta malograda; músicos
e instrumentos de lastimera calidad, que torturaban su tan anhelado arte,
frente a un publico punteado e indivisible que ya no existe, frente a
corbatas de negro cuero y serafines ciegos por sus pestañas. Alcanzo, tras
el leve hastió que ha ocasionado en mi cuerpo la nausea y el
ceremoniosamente entupido vaivén de los puntos negros, a contar mas de
cien y ciento cincuenta mas que no recuerdo. Ante el grisáceo paisaje
pierdo la noción continua de ser también una ónice descontinuada, y
empiezo a sentirme brutalmente atraído por la piscina de cemento fresco
que se compacta bajo mis pies; mortecina e incolora, de raudales negada y
pulverización aguda de rojos cristales.
Entre los ventanales negros de la opacida construcción, el viento borda
con sus lúgubres silbidos una tenue sinfonía de perlas tristes y plata
ennegrecida, que penden como zarcillos de onix pulidos y esculpidos por la
sombra muerta de Fidias, sobre las murallas invisibles de los oídos y las
palabras perdidas en las moléculas del aire. Pronunciaba en un sentido
muerto de la palabra mi olvidado nombre, mi indiferencia y repulsión
proclamada a lo que bajo mis sesos se infucionaba lenta y disimuladamente
como un terrible complot sonante hasta repetitivo e inservible durante
décadas.
Escucho pasos en mi retaguardia, talvez sea algún bondadoso coterráneo que
viene a darme la palmada final sobre la espalda, el ultimo y graciosamente
único animo de toda mi vida. Los pasos continúan sonando, pero aun no
siento la mano hacerme peso en el cuerpo, volteo la vista y encuentro en
mi flanco ignorado a un repúgnate hombrecito catarrino de ridículas
prendas. Con la boca abierta, pasando por entre una hendidura en sus
dientes, una inmensa y bovina lengua rosada, la cual vierte sobre sus
momificados labios, una especie de saliva espesa y amarillenta, balancea
sus regordetes brazos en señal de despeje. Localiza la segunda ventana de
la habitación y emprende una especie de vuelo sin alas, hacia el lienzo
del descolorido óleo, plasmando sobre la grisácea tela, una insignificante
mancha roja que aviva mis claras intenciones.
Tornando de nuevo mi atención sobre el vacuo espectáculo de la
aglomeración craneal, halo rápidamente la cuerda que pasa por entre la
polea, desciendo lentamente hasta el suelo y me uno puntual al vagido de
los engendros.
Las cosas que uno suele ver cuando limpia ventanas...
Samael Vinoc
Colombiano
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