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literaria / cuento
El Preso
Como todos los días desde hace 4 años, Adolfo salía a mediodía a trabajar
en su bicicleta. Tenia que pasar por el sector industrial de la ciudad,
que eran cuadras y cuadras de paredes negras altísimas con escasas
ventanas. Panorama que alienaba totalmente Adolfo, siendo él un hombre
observador y apasionado, al que le gustaba admirar los colores, sentir las
texturas y oler las fragancias que ofrecían los paisajes del campo o del
mar.
Él era un hombre pobre, así que no podía darse el lujo de residir en el
hermoso campo viviendo de legumbres. Mucho menos podía viajar por el
mundo, por ese mundo que tenia lugares muy hermosos, pero que tenia
también lugares infernales, como la ciudad en la que vivía.
Se sentía cansado de ese recorrido, de ese trabajo, de esa ciudad y de su
esposa, sentía que era dominado por todos esos factores, que en cierta
manera él no controlaba su vida, que era un preso. Estaba harto además de
ser conducido por una vida vacía que parecía llevarlo solamente a la
muerte.
Aquel martes, iba como siempre al trabajo, el sol brillaba con un gran
esplendor absurdo. Cada pedalazo que daba amenazaba con romper el
equilibrio del día, sus muslos le dolían a la par del movimiento. El Calor
era mucho y él tenia las axilas empapadas. Hacia un gesto refunfuñando y
pensaba con envidia en los hombres buenos que no sudan ni una gota. La
bicicleta vieja, gracias al oxido que se le pegaba como sarna, hacia unos
sonidos que lo desesperaban. Adolfo miraba la calle en el horizonte, que
parecía hacerla eterna y pensaba que nunca llegaría.
Al cabo de un rato sintió la boca muy seca, paró abruptamente y tiro la
bicicleta. Se paro en medio de la calle y grito con todas sus fuerzas: ¡NO
TENGO EL PODER!
Juan Camilo Herrera
jherrera@publiensayos.com
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