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literaria / cuento
Sello de Impotencia
Corro desesperadamente hacia el cuadro fijo que mis ojos divisan. Unas
nubes grises cubren el cielo no dejando al sol escupir sus inmundicias
sobre la tierra. Gotas gruesas caen periódicamente al suelo, liberando en
su impacto algunas partículas de polvo. Los árboles se mueven con
violencia, y en su baile sádico lanzan gritos que anuncian su próximo
resquebrajamiento. Al frente permanecen estáticas dos siluetas en medio de
los graznidos torpes de pájaros nómadas.
Avanzo lo mas rápido posible, sintiendo como mis músculos se trituran, y
los zapatos se desgarran, solo me importa llegar. De repente todo se
paraliza. Intento moverme, pero es como si fuese de piedra. Luego un
estallido retumba por todo el horizonte. Una de las figuras cae, mientras
la otra se escabulle en la penumbra.
Permanezco inmóvil, no logrando todavía comprender totalmente lo que pasa.
Escucho un grito de dolor, seguido de los graznidos ensordecedores, lo
cual me libera de la momentánea paralización.
-Falle- digo al fin.
Me arrimo al cuerpo que yace, mientras lágrimas lánguidas caen sin parar
por mis arrugadas mejillas. Veo su rostro, antes hermoso, de estructura
perfecta, ahora desfigurado, y botando sangre a borbotones.
-Nada puedes hacer Juan- dice débilmente -acaba con mi sufrimiento-.
Le miro y se que tiene razón, pero como aceptarlo.
-No puedo- le digo tartamudeando.
-¡Hazlo maldita sea!- grita sordamente -o es que prefieres que muera
sufriendo-.
Una de mis lágrimas cae en su rostro y se combina con su sangre, luego cae
al suelo y se funde en la tierra con el rojizo revuelto que se ha formado.
Me decido. Alzo la mirada en busca de algún instrumento y a pocos metros
veo una roca lo bastante grande. Voy hacia ella, sin pensar, tan solo como
una maquina que cumple sus funciones, y la tomo; luego camino hacia el
cuerpo y le miro a los ojos.
-Adiós pequeña- digo mientras arrojo con fuerza brutal la pesada y
corpulenta mole contra su cabeza, como quien no quiere que exista mundo,
ni desgracia, ni la insípida realidad; que se despedaza y lanza un sonido
infernal el cual seguro jamás abandonara mi cerebro.
Las piernas de ella se mueven.
-Deben ser sus reflejos- digo suavemente mientras un fétido olor invade la
escena. La última lágrima que mis glándulas lagrimales producirán sale. Me
doy vuelta y vomito. Luego camino hacia el olvido, pensando que esto debe
ser nada mas que una pesadilla, pero en el fondo se que es mas real que
yo, y que será mi condena, y la causa de mi muerte en un futuro no muy
lejano.
Lucas Sanabria
sdominguez@publiesanyos.com
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