ISSN-1900 396X                   

                                                                                                                Julio de 2006 - Año no. 3 - Edición no. 20               

 

 

 

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literaria / cuento

 

Alma De trapo

 

A Sarita le pasó lo peor que le puede pasar a una niña de seis años. Antes, cuando sus padres vivían, solía ir al campo de las moras a hartarse de ellas y retozar en sus matas hasta que el cielo ya no daba atisbos de luz y se marchaba colmada de campo y con la boca morada de tanta fruta. Su madre siempre estaba allí, esperándola con un poco de sopa y pan. Y al lado su padre, triste de tantos años de pobreza, sorbiendo un te caliente antes de irse a la cama sin decir palabra. Luego llegó el cólera y se murió la mitad del pueblo y para su desgracia ella aguantó el tirón.

Ahora aquella imagen se le agolpa en la memoria como espinas. Se quedó de buenas a primeras sola y único que se pudo hacer cargo de ella fue Pedro, un primo de su padre, de profesión borracho y sin fama de muy trabajador. A las buenas la obligaba entre palizas a vender estampitas de Santa Teresa en el Terminal de buses a la salida de la ciudad y a las malas, entre efluvios de alcohol, la arrinconaba al lado de la cocina manoseándola hasta que un llanto de terror asomaba en su carita de niña.

Y al lado su muñeca de trapo, sucia de hollín, fea como ella sola pues hasta un ojo le faltaba. Y Pedro que al parecer no quería ninguna distracción para Sarita la tomó un día y la ofreció al fuego inquisidor del fogón y allí mismo se consumieron todos los sueños de la pequeña. Fue entonces cuando ya no fue mas una niña. Se quedo mirándola buen rato y fue como si aquel fuego también le consumiera el alma. -Adiós Bernarda- dijo en silencio. Y se fue de allí, el calor dañaba sus ojos y ya comenzaba a llorar.

Aquella noche se le ocurrieron mil formas de venganza pero en todas ellas terminaba vapuleada por su tío así que ninguna le pareció buena. – Ojala te murieras Pedro y así muerto ni siquiera te perdonaría-. - Ya veras cuando amanezca lo que pienso hacer contigo-. Y luego de esas abstracciones se quedó dormida sin remedio.

Cuando amaneció escuchó unas voces que llegaban de afuera. – Que se ha muerto, que el Pedro se ha muerto, que el rió se lo ha llevado-. Apareció en una orilla morado e hinchado de tanta agua en los pulmones y aun llevaba en la chaqueta la botella de caña que lo llevó a la muerte y una estampita de Santa Teresa prendida con un imperdible a su viejo chaquetón.

En la noche mientras velaban a Pedro en una vieja caja de madera, Sarita se acercó a su tío y al mirarlo lo notó como arrepentido y entonces le dijo despacio. – Que es mentira lo que te dije Pedro, que si te perdono- y se alejo de allí cansada y perdida, con las manos en los bolsillos. En una sostenía las estampitas de la beata de turno, en la otra daba vueltas a una bolsa de veneno cerrada por sus cuatro lados que no necesitó abrir.

 

Giancarlo Hauyón Fonseca (PERU)
 

 

 

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Actualizado el: 13 de julio de 2006

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