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literaria / cuento
Alma De trapo
A
Sarita le pasó lo peor que le puede pasar a una niña de seis años. Antes,
cuando sus padres vivían, solía ir al campo de las moras a hartarse de
ellas y retozar en sus matas hasta que el cielo ya no daba atisbos de luz
y se marchaba colmada de campo y con la boca morada de tanta fruta. Su
madre siempre estaba allí, esperándola con un poco de sopa y pan. Y al
lado su padre, triste de tantos años de pobreza, sorbiendo un te caliente
antes de irse a la cama sin decir palabra. Luego llegó el cólera y se
murió la mitad del pueblo y para su desgracia ella aguantó el tirón.
Ahora aquella imagen se le agolpa en la memoria como espinas. Se quedó de
buenas a primeras sola y único que se pudo hacer cargo de ella fue Pedro,
un primo de su padre, de profesión borracho y sin fama de muy trabajador.
A las buenas la obligaba entre palizas a vender estampitas de Santa Teresa
en el Terminal de buses a la salida de la ciudad y a las malas, entre
efluvios de alcohol, la arrinconaba al lado de la cocina manoseándola
hasta que un llanto de terror asomaba en su carita de niña.
Y al lado su muñeca de trapo, sucia de hollín, fea como ella sola pues
hasta un ojo le faltaba. Y Pedro que al parecer no quería ninguna
distracción para Sarita la tomó un día y la ofreció al fuego inquisidor
del fogón y allí mismo se consumieron todos los sueños de la pequeña. Fue
entonces cuando ya no fue mas una niña. Se quedo mirándola buen rato y fue
como si aquel fuego también le consumiera el alma. -Adiós Bernarda- dijo
en silencio. Y se fue de allí, el calor dañaba sus ojos y ya comenzaba a
llorar.
Aquella noche se le ocurrieron mil formas de venganza pero en todas ellas
terminaba vapuleada por su tío así que ninguna le pareció buena. – Ojala
te murieras Pedro y así muerto ni siquiera te perdonaría-. - Ya veras
cuando amanezca lo que pienso hacer contigo-. Y luego de esas
abstracciones se quedó dormida sin remedio.
Cuando amaneció escuchó unas voces que llegaban de afuera. – Que se ha
muerto, que el Pedro se ha muerto, que el rió se lo ha llevado-. Apareció
en una orilla morado e hinchado de tanta agua en los pulmones y aun
llevaba en la chaqueta la botella de caña que lo llevó a la muerte y una
estampita de Santa Teresa prendida con un imperdible a su viejo chaquetón.
En la noche mientras velaban a Pedro en una vieja caja de madera, Sarita
se acercó a su tío y al mirarlo lo notó como arrepentido y entonces le
dijo despacio. – Que es mentira lo que te dije Pedro, que si te perdono- y
se alejo de allí cansada y perdida, con las manos en los bolsillos. En una
sostenía las estampitas de la beata de turno, en la otra daba vueltas a
una bolsa de veneno cerrada por sus cuatro lados que no necesitó abrir.
Giancarlo Hauyón Fonseca (PERU)
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